Metro de Oro
- Sofia Bianco

- 12. Mai 2020
- 4 Min. Lesezeit
Aktualisiert: 13. Mai 2020
(Parte 1)

Mi pelo es castaño. Los ojos afines. Nada exclusivo. Quizás en el porvenir sí lo será, por el asunto del Cas9. Pero tengo los labios azules, todavía congelados de la baja temperatura que existía al exterior de la tejido subterráneo de metros.
Eran casi las ocho de la mañana. Estaba sentado en el suelo del metro a punto de cerrar los ojos y no volver a abrirlos hasta que el transporte llegase al final de la línea. Pero el mantener mi cabeza ocupada hacía imposible el quedarme somnoliento. Estaba el trayecto entero pensando sobre mis ideales, un tema que no me dejaba yacer. Por lo tanto, no necesitaba ningún tipo de pastilla o bebida que me mantuviera desvelado. Rumiar era la cafeína perfecta, con efectos secundarios como jaqueca pero no me importaba realmente.
Con vista de cachorro veía las extremidades de los viajeros cubiertas con diferentes tipos de pantalones y calzados. Podría haber cogido hoja y lápiz y haber hecho una copia impecable desde mi perspectiva, con la espalda pegada a la pared del transporte.
Miré por uno de los cristales del tren para indagar en cual parada me ubicaba. Tribunal. A la próxima tenía que salir. Me levanté con la pizca de fuerza que aguardaba de la hora y media que había pernoctado.
Al acabar de subir los últimos peldaños de piedra sucios y grises, me di cuenta de que era un alba lluvioso, las nubes grises reposaban sobre los edificios plomizos. Las arterias de núcleo urbano estaban rociadas, la sequía pertenecía al pasado. Las pocas plantas deshidratadas que quedaban en aquella cuidad rebrotaban agradecidas.
Lo sucesor que captaron mis ojos fue un reluciente anuncio de Valentino soldado a un bloque.
Verifiqué todos los márgenes y me dirigí hacia la rúa más amplia hasta llegar a la parada de autobús. 8:07h. No cambía duda de que iba a llegar a deshora. Pero de alguna manera eso no me afectaba. Sentía cansancio por darle tanta importancia a todo. Había conocido a una chica en una discoteca y se me olvidó pedirle su número. Mis pensamientos giraban y se resumían en la una breve oración: Soy subnormal. Seguramente que la chica no tenía interés de por sí y por eso al despedirse me miró raro.
En la vida real estaba llegando tarde a la entrevista más importante de mi vida y mi cabeza seguía dándole vueltas a mi existencia.
Me hubiera encantado en ese momento ser consciente de que era un automonólogo y la gente de afuera no tenía un conflicto conmigo. Luego se quedarían sorprendidas por el supuesto choque contemporáneo.
Perseverando en la detención de autocares, distinguí a un morrongo cruzando el paso de cebra. Con la velocidad de la luz se aproximaba un coche. Cerré los ojos con fuerza, notando un dolor aun más inmenso en la cabeza. Al volver a abrirlos percibí cómo el gato seguía atravesando la avenida, ya llegando al encintado.
Ojeé el panorama pero no localizaba aquel vehículo.
En un santiamén, un colectivo cetrino me tapó la vista cumplidamente. Miré hacia lo alto para ver qué número era. 481. Subí, pasé el carné, me dirigí en dirección al fondo y me senté en el asiento perteneciente al ángulo del vehículo. En media hora llegaría a la cita.
Noté como el vehículo arrancaba y dirigí mi mirada hacia afuera. Las calles estaban sucias, había luces por todos los lados. Las gotas del cristal se derramaban hacia abajo y empecé a imaginarme cómo estas tenían vida y estaban haciendo una carrera. Algunas se quedaban pegadas en el cristal mientras que otras se disolvían al chocar contra la pared transparente. Sentía envidia. Ojalá fuese una de esas gotas que no llegaban a ser existentes más de veinte segundos.
El viaje entero me mantuve contemplando el panorama a las afueras de la ventana. Me encantaba observar la vida. Las personas. Los edificios grises. Las luces. Todo. Observar era uno de mis pasatiempos favoritos. Interpretar las actitudes de gente extraña e imaginar qué estilo de vida ellos tenían. No necesitaba más. Era dejar volar mi mente sin sufrir ningún tipo de consecuencias. El tiempo volaba al fijar mis ojos en los detalles.
Llegué a mi destino y tuve que pedir permiso para poder salir del autocar. Estaba repleto de una multitud de tristes personajes con ojeras.
Me paré delante de la puerta de la dirección que me habían dado anteayer en la llamada y miré hacia el cielo, viendo cómo detrás de las nubes color humo aparecía el sol. Las últimas gotas de aquella lluvia rebotaban sobre mi cara. Cerré los ojos para disfrutar de la fase final de la caída de las gotas. Al abrir los ojos, mi atención se fue por un momento.
Al otro lado de la calle pasaba un hombre con el móvil pegado al oido, una mujer pelirroja mayor le acompañaba. Seguramente se ha teñido el pelo hace aproximadamente un mes, pensé.
„¡Pauli!“ decía el hombre. Le brillaba la cara de entusiasmo. „¡Paula, mi amor! ¿Qué tal estás?¿Bien? Vale, me alegro.Yo igualmente. Quería comentarte un…“ Las dos personas se alejaron junto a la voz del hombre.



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