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A Celia no le disgusta la soledad

  • Autorenbild: Sofia Bianco
    Sofia Bianco
  • 30. Aug. 2020
  • 1 Min. Lesezeit



Era una tarde de casi otoño preciosa. Celia había decidido salir a dar una vuelta por su barrio y tomar un buen helado de pistacho en su heladería favorita.

Se sentó tranquilamente en una mesa y empezó a observar a las personas que pasaban delante de sus ojos de cristal. Todo parecía tan normal, tan familiar como siempre. Parejas agarradas de la mano como si nunca quisiesen separarse hablaban mirándose a los ojos, de pronto se paraban, se bajaban la mascarilla y se daban un beso apasionado. La chica morena no aguantaba contemplar ese paisaje por más de cinco minutos. Terminó su helado prácticamente a mordiscos, se levantó para tirar la cucharilla innecesaria que habían clavado en la bola verde y movió sus piernas en dirección boca del metro.

Ojalá no me sintiese tan sola, pensaba con melancolía e ira.

Celia era una de esas personas que siempre conseguía aislarse de la sociedad de manera involuntaria. Se sentía desconectada del mundo exterior. Sentía que si de repente desapareciese por completo, nadie la echaría de menos excepto su familia. A ella le costaba mucho expresar su dolor que llevaba hace años como una mochila en la espalda y aún así nunca odiaba su soledad por completo, a Celia le gustaba sentirse acogida por sí misma. A la chica no le disgustaba pasar una tarde tomándose sola un café en el centro observando a la gente. Solo de vez en cuando sentía que necesitaba compartir su vida con personas que la entendiesen tal y como funcionaba ella mentalmente.

 
 
 

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